Se muy bien cómo empezar a rellenar espacios y tratar de que las ausencias no se noten, que las palabras hagan de su existencia un dilema confuso y se apareen con soltura, dando paso a un alboroto de situación lo insuficiente complejo y divertido; pero más que nunca estoy a falta de frases. Como si fuera poco, el diccionario se atreve a jugar a las escondidas en la estantería de enciclopedias y lo encontramos en medio de las novelas de misterio y aquellas romanticonas que guarda el abuelo para las noches en que
Las pálidas no paran de aparecer, ocupándose de que los colores del arco iris se diluyan entre las pequeñas lágrimas saladas, como si quisiéramos limpiar la paleta de colores en la bacha de la cocina de casa tras una tarde de dibujo. El vacío es recurrente, ninguna de todas estas cosas serían el “todo” unificado del conjunto pero si la suma de sus partes más importantes y menos bulto.
Los recuerdos no paran de llegar. ¿Por qué? Si antes apenas eran una sonrisa. “Apenas” como si fueran poco… “apenas”. A duras penas estamos tratando de reforzar las oraciones para no quedarnos sin el speech justo en el momento más vergonzoso, aquél en que ningún sentimiento alcanza para que la madurez personal nos lleve al punto de exactitud en que sabemos que la vida no tiene un limite y el cielo es tan amplio como la fe y gratitud por estar todavía acá, presentes.
Ninguna persona esta preparada para perder la memoria de un día para el otro, ni se olvida de los recuerdos oxidados al fondo del cajón de utensilios viejos en la cocina, segundo empezando desde arriba, a la derecha de la pierna de la abuela mientras pela algunas papas para hacer esa tortilla campesina que solo sus manos escriben en perfecta armonía.
Y no me hace poca gracia saberte tan presente como nunca. Como calmo, como tal cual son las características que tenías en parecido a mi Nono. Como tu gesto del “no lo se”, levantando al tono los hombros y arqueando la ceja, actitud bien parecida que heredamos y maldecimos con una sonrisa picarona. Un cómplice en mis primeras vacaciones sola. El asador de un momento de gloria, festejando los goles en un partido televisado porque las distancias no me dejaron llevarte hasta allá.
La firmeza con la que te sostenías cuando te ofrecía el gancia bien batido y decías: “No, los hombres tomamos un buen fernet y el gancia es para las hermosas señoras que condecoran la mesa del domingo”, y me retabas si quería empezar con aquellos aperitivos antes de cortar la picada. Ni hablar si esta faltaba! Te subías al auto, delante del volante parecías un muñequito playmovil, pero eras mi Fangio Costero, con toda la facha habida y por haber. No es raro que tu sangre sea gran complemento en la mía.
Y el Nono sigue hablando…como si el aire quisiera achicarse y le diera paso a un discurso peronista, ese que tanto odia pero le sale tan bien. Por momentos pienso que se parece a Alfonsin, con la mirada perdida; no dudo hacerle un gesto radical para que con desconfianza me mire de reojo y rete al son del “Pitu no me hace gracia la ideología política que intentan inculcarte…tanto tiempo invertí en vos y traspaso de la inteligencia de generación en generación, que para mi esto es un insulto…lindo y cómico, pero insulto al fin…” y se hace el enojado, como si le fuera a durar mucho.
Amé verte hace poco más de dos meses atrás, y ahora estás más allá de lo que cualquier dolor fuera a martirizarte, quizás por una vida anterior o tal vez por ser tan bueno y menos sociable. Tan simpático como oculto, tan niño como adulto entre medio de nosotros, “los pendejos insolentes” que nos reíamos de cómo amanecían achicharradas tus margaritas los domingos al la mañana, fruto de ser el colchón para un buen “tirón” adolescente, en plena borrachera de algunos jóvenes de paso. No me olvido más de tu cara asustada cuando descubriste que tu cantero era el bulo del colorado. Esas margaritas que fueron cómplices de un amor de paso; de una noche de locura. Y luego verte a vos, tratando de replantar algunas florcillas para decorar el frente de la casa, bien estilo colonial mientras la tía te cagaba a pedo porque nada de eso sucedería si todo eso estaría en el patio de adentro.
Hoy escucho tu voz a lo lejos, trato de acostumbrarme a la maldición de las veintenas y no puedo maldecir en voz baja aquellos reales desastres naturales donde la ciencia no sabe explicarme con palabras lo que el corazón palpita por teléfono. Donde tus ojos ya no existen más que en un suspiro silencioso.
Es el momento de ser más callada y ubicarme dentro de un resguardo de pensamiento, pero no logro concebir otra idea que no sea el desahogo constante por el cual necesito pedir un poco más de tiempo. No quiero que la gente se quede, quiero que las horas tengan más minutos y el día más horas de ensueño.
Crónicas inconstantes de una charla confusa y lloriqueante, con mi abuelo cuando me tocó darle una de las noticias más tristes en la vida.
Alguna vez me preguntaste…si no dejaba la vida en esto… yo creo que si. Yo creo que dejo más que la vida en esto. Me doy al punto justo de quitar un nudo en la garganta y alivianar las penas que se atoran en la punta de los dedos; el teclado no me da para escribir cada una de las cosas que siento. Le saco chispas y no confundo pero si anhelo un poco más de espacio para poder simplificar mis mayores dolores.
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Estado: Envuelta…
Escuchando: “El tiempo no para” –
